rambla, Barcelona Todav√≠a lo hago. No con tanta perseverancia como entonces, pero cuando estoy regresando a casa de madrugada y en el camino se me cruza un gato todav√≠a me detengo e intento comunicarme. Y cada vez que ocurre, vuelve cierta charla con Osvaldo, hace a√Īos, en uno de los s√≥litos bares del Bajo. Osvaldo amaba los gatos, todo el mundo sabe eso, los amigos, los lectores. Conoc√≠a de gatos cuanto se puede conocer. H√°bitos, inteligencia, especies, historia, leyendas, poderes que se les atribu√≠an y se les atribuyen. Bastaba mencionarlos y despu√©s hab√≠a tema para toda la noche. Osvaldo ten√≠a una infinidad de an√©cdotas personales en relaci√≥n con los gatos. Se trasladaba a alg√ļn lugar, cualquier lugar, y un rato despu√©s por ah√≠ empezaban a merodear los gatos. De alguna manera hab√≠a establecido contacto con ellos. Esa noche, entre otras cosas, me cont√≥ del exterminio de gatos en Europa cuando la Iglesia los conden√≥ a la hoguera por considerarlos criaturas sat√°nicas, de los antiguos egipcios que los adoraban y los embalsamaban, de la alucinante imagen de un barco depredador ingl√©s cargado con miles de momias de gatos hundi√©ndose durante una tormenta en el Mediterr√°neo. Despu√©s, mientras levantaba el gato que andaba por debajo de las mesas y se lo colocaba sobre las rodillas, habl√≥ de mis textos. Se√Īal√≥ que en mis historias siempre hab√≠a alg√ļn gato maltratado y que eso no era bueno. Yo hice un r√°pido repaso en voz alta y advert√≠ que en efecto ten√≠a raz√≥n. Entonces Osvaldo desliz√≥ la idea de que tanta agresividad, tanto encarnizamiento con los gatos, sin duda resultar√≠a negativo para la fortuna de mis libros. Supongo que en ese momento le habr√© preguntado si el poder de los gatos ten√≠a tanto alcance como para perjudicarme. Si lo hice no consigo recordar la respuesta que me dio. S√© que intent√© defenderme argumentando que esas escenas de crueldad no estaban puestas con intenci√≥n de agredir a los gatos sino que simplemente narraban situaciones donde personajes malvados se ensa√Īaban con los pobres animales. A Osvaldo la explicaci√≥n no lo convenci√≥. Me record√≥ un t√≠tulo m√≠o: Ni perros ni gatos. Dos errores en ese t√≠tulo. Uno: nombraba a los gatos en un sentido francamente negativo, de rechazo y desprecio. Dos: los colocaba en plano de igualdad con los perros y para colmo en segundo t√©rmino. De nuevo le di la raz√≥n. ‚ÄĒOsvaldo ‚ÄĒdije‚ÄĒ, el da√Īo ya est√° hecho, ¬Ņy ahora? Me dijo que deb√≠a tratar de remontar la situaci√≥n. ‚ÄĒ¬ŅC√≥mo? Sugiri√≥ que hablara con los gatos. ‚ÄĒ¬ŅC√≥mo? Me aconsej√≥ que de madrugada, cuando volv√≠a a mi casa, prestara atenci√≥n y seguramente me cruzar√≠a con m√°s de un gato. Pues bien, deb√≠a detenerme, hablarles, acercarme y si los gatos me lo permit√≠an, acariciarlos. En resumen, hacerme amigo. Lo que me qued√≥ claro de la lecci√≥n fue que si hac√≠a buena letra y les demostraba que los apreciaba y me ganaba su simpat√≠a, despu√©s, poco a poco, por alg√ļn misterioso camino, en la vasta y secreta sociedad de los gatos se correr√≠a la bola de que yo finalmente no era un tipo tan jodido como parec√≠a y mis torpezas ser√≠an perdonadas y mi ignominia quedar√≠a borrada. En consecuencia, tambi√©n mis libros resultar√≠an liberados de la condena que seguramente hac√≠a rato pesaba sobre ellos. Al principio me cost√≥ aceptar la idea de ponerme a hablar con los gatos vagabundos de mi barrio. Pero esa misma madrugada, regresando al departamento, apenas me cruc√© con un gato me detuve y ensay√© el primer acercamiento. Y segu√≠ probando en las noches siguientes. Y en los meses siguientes. Y todav√≠a lo hago. Seguramente ya no para hacerme perdonar una falta sino para intentar con los gatos un di√°logo que nos devuelva durante un rato la querida imagen de Osvaldo Soriano. (Antonio Dal Masetto) publicado en 12 /05/98 en P√°gina12
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